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La vida con un carrito

Erase una vez, una madre ilusa e inocente, una,  que confiaba en el transporte público, una,  que creía en el  apoyo ciudadano. Una,  que aprendió la lección, como se aprenden muchas, con el error y la práctica.

Una,  que ya embarazada,  sufrió el aplastamiento en los vagones del metro, ante la cara impasible del resto de los pasajeros, una,  que puede contar con los dedos de una mano, las veces que le cedieron el asiento, y a pesar de ello, volvió a descender a las profundidades  de la tierra, esta vez, ya con el bebé y un carro…

Empezó mal su aventura, la estación de su barrio, carecía de escaleras mecánicas, de ascensor,  ni hablamos, pero como era bajada, llegó sin aliento al andén, pero dominando la situación.

Dentro del vagón, le fue difícil hacerse con un sitio, no obtuvo demasiada colaboración, y la cosa empeoró, cuando empezó su ascenso hacía la luz, otra estación sin escaleras, sin ascensor, y de subida. Toda digna, y repitiéndose una y otra vez: “no hay dolor”, iba escalón a escalón, ahora notaba, como empezaba a sudar…y era invierno,  la gente la esquivaba, como si fuera un estorbo, un  obstáculo,  que les impedía correr…

Ya casi al final del recorrido, una chica,  le ofreció ayudarla, y juntas llegaron a la salida, respiró entonces aire puro, notó sus brazos entumecidos, el sudor bajando por su espalda, la falta de aire en los pulmones…y solo podía pensar, que  en unas horas, tenía que repetir todo aquello, para  volver a casa…

La vuelta fue igual o peor, nadie la ayudó, salvo al final, un chico joven y apuesto, a subir el tramo de salida.

Desde aquel día, decidió que no volvería a usar el transporte público, si iba sola, que sintiéndolo mucho, con coche iba más cómoda, menos estresada, el bebé más tranquilo, puede que fuera menos ecológico, hasta algo más caro, pero su espalda, brazos, y estabilidad emocional, se lo agradecerían.

Pero como el hombre,  es el único animal,  que tropieza dos veces  con la misma piedra, lo intentó otra vez, ahora con el autobús…a  la ida sin inconvenientes, a la vuelta, se quedó bajo la lluvia, agarrada a su cochecito con el niño llorando, esperando al siguiente, porque había alguien con un carrito de la compra…la indignación,se apoderó de ella, y ratificó su postura de NO al transporte público.

Mantuvo, durante un tiempo,  su postura de no usarlo, sino iba en compañía, pero,  como no hay  dos sin tres…este sábado, volvió a coger el autobús…

Notó como su corazón latía fuerte,  mientras esperaba el bus, pero por suerte, no había carro, y estaba medio vacío, así que llegó a su destino, como estaba previsto….

Pero le quedaba el regreso…esperó en una parada, una del centro, el autobús lleno, imposible subir…decidió andar, hasta otra, en la que coincidían dos líneas que le llevaban a su casa, caminó, y esperó, otros 15 minutos,  autobús lleno, otro con carro, otros 15 minutos, autobús medio vacío y con carro, otros 10 minutos, autobús tan lleno, que no cabía nadie,  y así sucesivamente, hasta la friolera de 8 autobuses.  Tuvo en varias ocasiones,  que mantener la compostura, y no ponerse a llorar de forma desconsolada. Su hijo, la miraba, y le preguntaba cuando les tocaba a ellos, ambos bromeaban con la espera, el cansancio, y las ganas de llegar a casa…

Era el último que estaba dispuesta a esperar, sino,  prefería caminar, que seguir viendo pasar los minutos, y los autobuses. Más de una hora  perdida, para un trayecto de quince minutos.

Llegó a su casa abatida, agotada,  desmoralizada, y con la absoluta certeza, de que el transporte público, al menos, el de su ciudad, no era  lo más aconsejable para viajar sola con niño y carro…

¿Soy una madre implicada?

Al convertirte en  madre, tu relación con el mundo que te rodea, deja de ser la misma.

Hacer cosas habituales, adquieren otra dimensión: ir a comprar al supermercado, tomarte un café en un bar, salir a comer fuera, intentar probarte ropa en una tienda…

Aprendes a sobrevivir, en terrenos  desconocidos: el parque, una piscina de bolas…

Y uno de los más temidos: el colegio. El año pasado, Tenedor empezó a ir a la guardería, y mi implicación fue prácticamente nula. Cuando pidieron voluntarios, para contar a los peques nuestra profesión, la mía no me pareció de interés, y menos para niños de 2 años. Luego pidieron padres,  para ir a contar un cuento y cuando me decidí, ya estaba el cupo lleno.

No me enteré,  cuando organizaron las actividades de las fiestas del colegio, incluso, fui de rebote a alguna de las reuniones, porque no había visto la convocatoria por internet.

Así que este año, me propuse, renacer de mis cenizas,  de mala madre no implicada, y empezar el curso, como una madre entregada a la causa.

No he fallado a ninguna de las reuniones, me apunté a la actividad de cuenta cuentos, Tenedor, ha llevado a clase todo el material solicitado, he cooperado activamente, en su proyecto sobre la prehistoria, y mi última aventura: ser madre voluntaria en la Gymkana organizada por el colegio.

Íbamos todos los padres disfrazados de hormigas, la temática, se deduce:  el hormiguero, como moraleja, que trabajando todos juntos, por pequeños que seamos, podemos conseguir grades cosas, y que todos tenemos algo que aportar.

La gymkana tenía 5 pruebas, con 6 equipos, cada padre, participaba en el día, en el  que lo hace su hijo. Me lo pasé genial, casi mejor que ellos.

No tenía muy claro, cual quería que fuera mi relación con el colegio, no soy de esas madres, pesadas, que siempre quieren estar en todo, siempre las primeras, siempre con algo que decir, siempre las más guays, las más preparadas, las más implicadas…esas que las ves, y se te atragantan, pero si he decidido que quiero estar presente, al menos en los actos más relevantes, creo que es bueno para los niños, notar que sus padres se interesan, y forman parte también,  de ese nuevo mundo,  que están descubriendo: el colegio.

La cara de Tenedor, vale, cualquier esfuerzo, incluido, el de aguantar a las madres perfectas, le hace tanta ilusión, verme allí, participando.

Comprendo,  que en la mayoría de los casos, las actividades se realizan en horarios, en los que estamos trabajando, y si ya es difícil,  conciliar con los horarios normales, más con los extras, pero recomiendo,  que en la medida, de lo que cada una pueda, colaborar y estar  implicadas, con la vida escolar de nuestros hijos.  A mi, me ha resultado muy enriquecedor, y además así,  los observas en su ambiente, con sus compañeros, es una experiencia muy interesante.

Supongo, que es una decisión que hay que tomar: participar, o no participar, y que la respuesta cambiará,  según la situación en la que nos vayamos encontrando.

PD: Por protección de imagen de los peques, no os puedo poner ninguna foto, de mi momento hormiga, pero os dejo una,  de mis antenas, que para mi, fue todo un logro, hacerlas caseras.

 

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Soy Tenedor, y hoy,¡ hablo yo!

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Me ha dicho mi madre, que he recibido un premio, de parte de los padresfrikerizos, que molan un montón, es  uno,  en el que debo contar cosas sobre mí, como si mi madre no contara ya suficientes…

Supongo,  que a algunas os parecerá raro el nombre, yo lo llevo oyendo, desde casi el primer mes de gestación. Resulta que mi madre, jugando con sus amigas (luego dicen los adultos, que los niños, tenemos juegos tontos) le pusieron dos sillas, en una había un tenedor, y en otra una cuchara, los taparon con un cojín, y mi madre debía sentarse en una. Lo hizo en la del Tenedor, que quería decir que era niño, y como no se ponía de acuerdo con mi padre,  en mi nombre definitivo, me llamó Tenedor, hasta que menos mal, me dieron uno más normal.

Dice mi madre que he sido difícil en las dos cosas más importantes, no me gusta comer, y tampoco dormir. Pero para compensar soy muy cariñoso, y hablo un montón, aunque creo que eso,  no desvía su  atención, sigue persiguiéndome con los alimentos por toda la casa. Y a la hora de ir a la cama, me busca hasta que consigue atraparme bajo las sábanas.

Tampoco  he sido de chupete, ni de biberones, así que lo poco que he comido, lo he hecho con cuchara.

Pero  como sustituto para las largas noches, me regalaron una ovejita manta, la adoro, es mi mejor amiga, está conmigo desde que tenía escasos meses.  Duermo con ella, me la llevo de paseo, me consuela cuando estoy enfermo, y me seca las lágrimas cuando me regañan, o me enfado.

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Una de mis aficiones son los coches, me sé todas las marcas, mis favoritos, los Ferraris, y los Porches…ya le he dicho a mi madre que tendré uno de mayor, ella se ríe, no sé porque…será que soy muy gracioso explicándolo!

Además los colecciono, tengo un montón en casa.  Me gustan los dinosaurios, los vikingos, los puzles y leer libros.

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Ver un rato la tele, antes de dormir, o con el desayuno,  ahora me ha dado por Pepa Pig, pero también soy fan del Dino Tren, Cars, Vickie el Vikingo,  y un largo etc.

Soy un poco tímido, pero muy cariñoso, y parlanchín, me río un montón.  Me gusta que me lleven en brazos, papá dice, que  es porque soy un flojeras, pero la verdad, es que soy muy fuerte, y siempre le gano en todas las peleas.

Me encanta que jueguen conmigo, e ir a la casa de los abuelos, en su patio, encuentro un montón de tesoros.

Mi madre me dice,  que soy su amor, y me come a besos, aunque yo a veces, le diga que pare.

Este año he empezado el cole de mayores, y aunque me cuesta un poco salir de casa, una vez allí,  me lo paso muy bien.

Y ya paro, que me llaman, que llegamos tarde, y luego se va la fila, y me toca entrar solo a clase.

Hasta la próxima!!

Ahhh, se me olvidaba, voy a dar este premio a:

Los peques de Blog del Caos, que me divierto mucho con ellos.

A Medusi, que me encanta la decoración de su habitación y sus juguetes.

Al Guaje, montar con el en bici, es muy divertido.

Y por último y no menos importante a los peques de Golosi, que tienen un montón de libros chulos.

 

 

Aprendiendo inglés con “Kids & US”

Una de las muchas ventajas de estar en Madresfera, es la posibilidad de asistir a charlas, y diversas actividades, tanto para padres, como para niños.

Ayer miércoles de San Isidro, y aprovechando que las nubes negras, no acompañaban la visita a la pradera, acudí con Tenedor a una charla en “Kids &Us”, donde nos explicaron como concebían ellos el aprendizaje del inglés, nos invitaron a un suculento desayuno, y donde los niños disfrutaron pintando y jugando con las profesoras mientras los padres conocíamos el método, y luego les contaron una historia en inglés, muy divertida.

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El evento era a las 11 de la mañana, Tenedor y yo, llegamos los primeros, Marisa, responsable del centro de la Vaguada, nos recibió con una sonrisa, y gran amabilidad. En seguida las profesoras se interesaron por Tenedor, y le invitaron a ir con ellas, a pintar a una de las salas. Milagrosamente se desprendió de mi pierna, y se fue a jugar , y no volví a  saber de  él, hasta después de la charla, síntoma inequívoco de que se lo estaba pasando en grande.

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Poco a poco, fueron llegando el resto de las blogueras invitadas, y comenzó la presentación de “Kids &Us”, de la mano de su creadora: Natàlia Perarnau.

No voy a extenderme mucho en la explicación del método, creo que es mejor que lo leáis tranquilamente en su web: http://www.kidsandus.es/, o mejor busquéis el  centro más cercano a vuestro domicilio, y le hagáis una visita. Pero voy a destacar lo que más me gustó:

En primer lugar, la amabilidad de las personas que trabajan allí, la dulzura de las profesoras, que además,  solo hablan a los niños en inglés.

El local es  muy agradable, colorido, acogedor y muy limpio, unas instalaciones pensadas y diseñadas para los pequeños.

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En cuanto  a la manera de entender el aprendizaje del inglés,  voy a destacar la idea de enseñarlo de forma natural, como se aprende la lengua materna. Se basa en un modelo de inmersión lingüística, los niños adquieren el lenguaje de manera  natural, exponiéndose al nuevo idioma a partir de situaciones cotidianas, juegos y canciones adecuados a su edad y desarrolladas íntegramente por un equipo pedagógico propio.

Se refuerza con un CD, que los niños deben escuchar en casa, insisten que el valor emocional,  que se le de al idioma en casa, es básico para que el niño lo interiorice mejor, y que 10 minutos al día, pueden ser suficientes para  ayudar a  que los pequeños lo interioricen mejor, y más rápido.

Los niños hablan inglés desde el primer día y aprenden el idioma de forma global, sin omisiones, ni adaptaciones, tal y como aprenden su lengua materna.

Los contenidos se han desarrollado para cada edad, las clases se basan en la interacción del niño con la maestra, no superan los 8 niños por grupo, son clases dinámicas, activas, alegres y divertidas.

Así es,  la imagen  del material que utilizan, colorido con magnificas ilustraciones, con un toque mágico, que hace que sea atractivo y muy llamativo.

Las horas de asistencia, varían según la edad, para los más pequeños una hora a la semana.

Además organizan campamentos temáticos, en diferentes épocas del año. Ya tienen preparados los de verano, yo estoy pensado es probar con uno de ellos, a ver qué tal se lo pasa Tenedor, desde luego si me guio por la sesión que tuvimos el miércoles, solo me cabe pensar que se lo va a pasar en grande, y que aprenderá ingles sin darse cuenta, jugando y divirtiéndose.

Yo salí encantada con el local, con la atención recibida, con el material, y con la forma de enfocar el  aprendizaje del idioma.

Un placer conocer y charlar con la creadora del método: Natàlia Perarnau, y con el resto del equipo del centro de la vaguada, que nos trataron de forma excepcional.

Encantada de pasar la mañana con el resto de blogueras, cualquier ocasión es buena para reunirnos, y sobre todo, ver a los peques  divertirse y disfrutar de la mañana.

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¡Gracias  a todos!

 

¡Las excursiones del cole!

De pequeña me encantaban las excursiones del colegio. Estaba esperando todo el año ese momento.

Recuerdo llegar a  casa,  con el papel que mi madre debía firmar autorizando mi asistencia, y yo lo devolvía firmado, con una sonrisa, y las pesetas correspondientes. Como preparaba la mochila para tal ocasión, que normalmente consistía en:

Dos bocadillos, solía ser uno de chorizo (por aquella época me encantaba, y me los comía sin remordimiento alguno), el otro de jamón serrano con tomate y aceite. Una bolsa de patatas, zumo, agua y algo de postre.

La noche anterior apenas dormía, recuerdo como nos organizábamos para el autobús, era muy importante elegir a tu compañera de viaje, que era siempre una de mis mejores amigas. Recuerdo como me tiraban del pelo, desde el asiento de atrás, era siempre, un chico.

Los viajes eran a ritmo de: “vamos a contar mentiras tralalá, vamos a contar mentiras….” y  otras de la época, mientras las profesoras nos gritaban, que no nos pusiéramos de pie.

No se me olvida el trozo de pan  que le llevé a mi madre hecho con mis manitas, ni la vez que monté en un pony, en otra ocasión fui a la fábrica de vidrio, y me lleve un suvenir de regalo.

Tampoco olvido, la visita a los “Talayots”, o al Santuari  de LLuc…destinos obligados de mi Isla. Cómo caminábamos felices por el campo, como nos reuníamos en grupos,  bajo un árbol,  para comernos nuestras suculentas provisiones, después del esfuerzo realizado.

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El camino de vuelta, ya cansados, felices y comentando las anécdotas del día.

A mi madre esperando ansiosa, a que llegará el autobús, como me abrazaba fuerte, como si llevara mucho sin verme, como me acribillaba a miles de preguntas sobre todo lo que habíamos visto y hecho. Como yo relataba mi historia  y le enseñaba las cosas que había traído, en ocasiones ya algo más mayor, me compraba una cámara desechable de doce  o veinte cuatro fotos, que sacaba con mimo, esperando que se revelaran todas correctamente.

Esa noche,  caía rendida en la cama, soñando con todo lo acontecido.

Y ahora,  le toca a Tenedor, ahora,  soy yo la madre. Ya no existe autorización, te informan por una plataforma digital, y si el niño lleva el sobre, ahora con euros, es que das tu consentimiento.

Ahora,  soy yo , la que dudo si dejarlo ir, es tan pequeño, pero ¿ como voy a privarlo de pasar un día con su amiguitos, haciendo algo diferente?

Ahora,  es él, el que se va a la granja, y vuelve con una maceta para mí, una sonrisa de oreja a oreja y muchas cosas que contar. Ahora,  soy yo, la que espero emocionada a que llegue, la que le realizo mil preguntas sobre lo que ha hecho, él, quien contesta emocionado, y enumera una y otra vez todos los animales que ha visto.

Soy yo,  la que no me canso de escucharlo, a la que se le hace un nudo en el estómago, pensando que tiene que coger un autobús, pensando en qué hará, pensando en que todo saldrá bien.

Ahora,  es él, quien crece, quien experimenta, y descubre, y yo, la que espero con los brazos abiertos, a que regrese, sano y salvo, y me lo cuente todo.

 

 

Atrapada en el silencio.

Antes de ser madre, pensaba que el silencio, era ese momento, en que apagaba la televisión, me metía en la cama debajo de las sábanas, y no se oía,  ni el zumbido del ordenador, ni un:”tictac” del reloj, ni el motor de la nevera, ni siquiera el ruido de los coches en la calle.

Era ese momento de paz,  en que solo escuchaba mis propios pensamientos,  dando vueltas en mi cabeza, hasta que caía en un sueño profundo.

Desde que Tenedor llegó al mundo, esto,  ya no es así.  Un nuevo sonido me acompaña, uno que no dejo de oír, aunque me meta en la cama, aunque cierre los ojos, aunque duerma…su presencia, su respiración al otro lado de la pared…

Ayer por la noche, el silencio invadió mi casa, atravesó las paredes, se deslizó por el suelo, dejándolo frío, las habitaciones se volvieron huecas.

La televisión estaba encendida, el ventilador del ordenador dando vueltas, los motores de los coches sonaban en la calle, el camión de la basura moviendo los contenedores….y aún así…un completo silencio, se apoderó de  mi casa, un vacío que lo llenaba todo.

Una sensación de desconcierto, de incómoda tranquilidad…Tenedor no estaba, se había ido con los abuelos,  a pasar la noche…y el silencio se apoderó de mi…mi casa no era la misma…

Una descubre que la vida ya no es como era, y que el silencio ya no consiste en la ausencia de ruidos, sino en la falta de presencia de tu hijo.

Así que me metí en la cama, debajo de la manta, mi oído buscaba su respiración, pero no la encontró, me constó conciliar el sueño, acostumbrarme a ese vacío…Y a pesar de que nada perturbaba mi descanso, dormí intranquila, y me desvelé de madrugada.

Comprendo entonces, que ya no puedo vivir sin su compañía, sin saber que está ahí, al otro lado, durmiendo, y que los latidos de su corazón, marcarán el ritmo de mi noche.

Me meto en la cama, siempre,  cruzando los dedos, imaginándome una noche del tirón, una en que no me llame pidiendo agua, que le limpie los mocos,  o que me quede a su lado, una,  en la que ambos nos despertemos al son  del despertador, pero siempre con la tranquilidad de que su respiración me acompañe hasta que salga el sol.

Así  que he descubierto,  que soy adicta al falso silencio, ese que deja cuando duerme, ese que me regala tiempo  para mi, ese, en el que le oigo,  desde cualquier parte de la casa, ese, en el  que noto como abraza a su ovejita, ese, que colma la casa de vida…ese,  que me da la seguridad, de que todo está bien.

Invocando a mi fuerza de voluntad.

Empieza el calor, el cambio de ropa, de armarios, por cierto,  dichoso momento, el del cambio de ropa, pesado donde los haya. Los armarios parecen no tener fin,  eso no cuadra, con la sensación,   que tengo en numerosas ocasiones, de no tener nada que ponerme.

En  el trabajo, toca decidir vacaciones, ya de paso comentar,  que este verano tengo menos, así lo marca,  las necesidades del departamento, está claro que las personales, no tienen mayor trascendencia…en fin,  que con tanto alboroto, una empieza a soñar, con días de descanso, sol, playa, piscina, montaña….y…bikini???….

He aquí,  el gran conflicto, ¿por qué todos los  años, unos meses antes de las vacaciones nos entra el agobio,  las ganas de perder peso?…qué pasa, ¿el resto del año no cuenta?

¿De verdad creo,  que si durante ocho meses,  mi fuerza  de voluntad,  se ríe de mí, con una bolsa de patatas en una mano, un trozo de tarta en la otra, mientras absorbe una Coca-cola, ahora,  va a comerse una zanahoria, un pescado a la plancha, con un vaso de agua?

¡Ni que fuera nueva! Llevo conmigo misma,  más de 35 años, ya sería hora de afrontar la cruda realidad, que es,  ni más ni menos, que cuanto más interesada estoy en perder algún kilo, más hambre tengo, más ganas de comer lo prohibido me invade, y hasta el aire me hincha.

Si,  llega el verano, y a mis ganas de disfrutarlo, le sumaré el mal humor,  de que no me gusta cómo me veo, odio cualquier bañador que se me ponga por delante, y me molesta enormemente, encontrarme con la báscula todas la mañanas, y que no tenga buenas noticias.

La verdad, es que el efecto vacacional sobre el peso, es digno de estudio. El ser humano,  es así de incoherente, queremos lucir figura esbelta, comer y beber sentados en una terracita, y que los kilos,  se pierdan el fondo del mar.

Pero la realidad, explota en nuestra cara, o en  el botón de nuestros pantalones, recordándonos, que: “quien algo quiere, algo le cuesta “(¡malditos refranes, que daño han hecho a la humanidad!). Así que me hayo al borde del abismo, debatiéndome entre saciar mi hambre, o mi ego en bikini….Y lo peor,  es que la mayoría de las veces, mi ego, muy digno,  se enfada, grita y patalea, pero se deja manipular por la gula, y cae en la tentación .

Amigas, odio las dietas, las limitaciones, los controles, el contar calorías, y sobre todo,  odio no tener fuerza de voluntad,  para llevarlas a cabo, y que ello,  me produzca ansiedad y un humor,  que no me soporto ni yo misma.

Así que,  estoy planteándome ir vestida a la playa, estar morena, está sobrevalorado, sobre todo si no vas a lucir piel, o bien, relajarme , pasar de mi vanidad, y esto es lo que hay, una es como es, y así ,  lo he contado. Y hacerme dueña de un tweet que leí el otro día, que decía algo así:

“Llega la operación bikini, que consiste en comprarme uno más grande”.

Lo recodaré con una caña en la mano, acompañada de una tapita, mientras la brisa marítima agita mí pelo…todo,  no puede ser perfecto….

 

El tiempo aprieta, pero no ahoga.

El tiempo, es algo relativo, y no transcurre para todos igual. Hay días que se nos hacen eternos, y otros,  se nos pasan volando, y ambos,  han durado 24 horas.

Cuando te haces madre, la relación con el tiempo se convierte, en amor, odio. Puede ser tu mejor aliado, o tu peor enemigo. Dependes de él para todo, y vives supeditada  a sus antojos.

Me he dado cuenta,  de que mi concepto de él ha cambiado, y ya no volverá a ser el mismo. Lo necesito,  para poder llegar a cubrir las tareas obligatorias, y además,  para diferentes facetas de mi misma, y la mayoría de las veces, se me agota antes,  de haber cubierto todas mis necesidades.

Entre ellas, una de las que priorizo, es la de poder educar a mi hijo, estar con él, ser yo,  la que pase horas a su lado, la que le recoja del cole, le lleve al parque, le bañe, le de la cena…

Pero trabajando, eso no siempre es posible, es aquí,  cuando te encuentras la primera gran utopía social:¡¡¡¡ Conciliación!!, jajajaja, me da la risa floja, mientras me tiemblan las piernas, y se me ponen los pelos de punta, pensando,  cómo voy a compaginar el trabajo, con mi hijo.

Después de mucho meditar,  y números, de suma y resta, decidí, que la única solución posible, era reducir jornada. En una empresa,  en la que se trabajaba  de nueve a siete (digo, trabajaba, porque todo es susceptible de cambio, y ahora es peor, de ocho a ocho) poco iba a ver a Tenedor, casi, solo para acostarlo. Pensé,  que yo no había tenido un hijo para eso, y solo la idea,  de estar todo el día separada de él, me producía ardor de estómago.

Así que me acogí  al turno de  nueve a  cuatro.  Un horario,  más compatible con la vida familiar, a cambio de renunciar a parte de mi  sueldo, de mis  posibilidades dentro de la empresa, y de estar, en muchas ocasiones, en el punto de mira de los  compañeros.

Aún así, los imprevistos, casi  siempre son en contra, y nos sabes,  de donde sacar horas, para cubrirlos. Por no hablar,  de cómo salir airosa,  de las vacaciones de la guardería, o del colegio.

Todos son retos, pruebas,  que hay que ir superando día a día, porque como las pienses todas de golpe, te puede dar un colapso cerebral, y no ser capaz,  de encontrar salidas viables.

Esta,  es la segunda semana, que por necesidades del departamento, estoy trabajando de 12,45h a 20,00H….si, tal y como lo veis, un horario ideal para la vida con los pequeños.

Genial, para poder estar presentes en su día a día.  A pesar, de mi desagrado total, y de lo mal que lo llevo, de lo que me descuadra,  todas las rutinas a las que ambos,  estamos acostumbrados, a pesar,  de que llego para comérmelo a besos,  camino de la cama, a pesar,  de solo poder estar con él,  aproximadamente una triste y miserable  hora  y media, repartida entre la mañana, cuando lo llevo al cole, y el momento de la noche, a pesar de todo, me tengo que sentir afortunada, de que es solo, un momento puntual.

No quiero ni imaginarme que fuera así siempre. Sin ir más lejos, es el caso de su padre, con horario de tarde/noche  y de muchas otras personas.

Supongo que al final,  de todo se sale, y deberemos confiar en nuestra astucia, sacrificios, y renuncias,  para poder compaginar, trabajo, hijos, vida, con el menor número de daños colaterales posibles,  porque no podemos estar esperando,  a que esto importe a las empresas, y/o gobiernos.

Esto son lentejas, así que  si hay que comerlas, vamos a cocinarlas, lo más sabrosas y nutritivas,  que nuestra imaginación alcance.

 

 

 

¡La triste alegría de una lavadora!

La realidad,  puede ser inesperada, cruel y dura.  Y  hoy tengo que confesar, sin tapujos, sin camuflajes, sin eufemismos, sin distorsiones, que estoy feliz, porque tengo lavadora nueva.

Si, es así de crudo. Yo,  que reniego de los labores del hogar, que no soy de esas,  que están deseando llegar a casa, para hacerme la coleta alta, ponerme el chándal, las pantuflas y el delantal…aunque  a veces, me ponga algunas de esas cosas, o todas a la vez.

Yo,  que siempre he deseado,  ser la versión morena, de aquella brujita, que con mover la nariz lo tenía todo hecho. Yo,  que limpio y ordeno, a modo de supervivencia, pero no por gusto.  Y hoy, yo soy esa, esa,  que está feliz con su nueva adquisición, y me siento confusa, por  esta inexplicable satisfacción, con mi nuevo electrodoméstico. ¿Me estará  poseyendo, un espíritu marujil?

Todo empezó hace más de un año, cuando mi antigua lavadora, comenzó a hacer lo contrario de lo que se esperaba de ella, me manchaba la ropa. En coladas alternas, sin ningún orden, aparecían prendas con lamparones como de grasa. Al principio no le hice mucho caso, lo atribuí a  un hecho aislado, pero poco a poco se volvió habitual.

Veía como camisetas, sudaderas, etc…lucían estupendas manchas, y no tenía piedad, le daba igual que fuera nueva o vieja, o que yo le procesara un cariño especial a la prenda.

Un señor muy amable, después de cobrarme, más de 60€ por su visita, me dijo, que podría ser del suavizante, del uso del  lavado corto, o cualquier otra cosa, vamos eso y nada, pues  lo mismo.

Dejé de usar suavizante, programas cortos, probé todo tipo de  marcas de detergentes y en todas sus formas: líquido, en polvo, en pastilla, en bolsitas de plástico, etc.…y  aún así, manchaba cuando a ella,  le parecía bien.

Y tras conversaciones, y puntos de vista encontrados con el Don, nos decidimos a buscar lavadora.

Se abre el duro proceso, de investigar, comparar, ver, preguntar, y decidir.

Y una vez superado, ohhh, hay que sacar la lavadora, que está al fondo de la cocina, un mueble y un verdulero se interponen en nuestro camino.

Así que a vaciar el mueble, estante por estante, trasladar todo a otra habitación, incluido mueble y verdulero…y la casa, patas arriba…

La vieja, la hemos enviado al pueblo, esperando que estropee el menor número de ropa posible, y cuatro días después, llegó la nueva, reluciente, llena de promesas, de tipos de programas…

Y me abalancé sobre ella, sobre mi cesto de la ropa sucia, y la puse,  con una sonrisa de oreja a oreja, disfrutando de su casi imperceptible sonido, de su inexistente movimiento. Y hice hasta dos coladas, y mi grado de satisfacción aumentaba, nada manchado, solo,¡se respiraba limpieza!

¿Debo preocuparme? , ¿Qué será lo siguiente?, ¿Una sandwichera?, ohhh, eso ya lo he pedido,  para recuperar  las recetas que mi madre, me hacía de niña.

Estoy metida en un bucle, debo escapar, huir. Voy a focalizar mi mente en desear un traje de Armani, o unos zapatos de Jimmy Choo, antes de verme contenta, por lucir bata y pantuflas nuevas, del mercado de enfrente.

 

 

 

 

¡Soy madre y me quejo!

¿Es innata la queja, a la condición de madre?

De hecho, empezamos a quejarnos antes de serlo, nos quejamos  de que: nos ha costado quedarnos embarazas, de que tenemos nauseas, de que engordamos, de que no encontramos ropa adecuada, de que el feto se mueve mucho, o poco, de que nos cuesta estar sentadas, de que nos cansamos de estar de pie, de que tumbadas,  nos damos con la posición. De que no podemos atarnos los cordones, de que no nos caben los zapatos, de que ni hablar de depilarse, de que el embarazo se hace largo, de que duelen las contracciones, de que nos falta el aire, de que tardan en ponernos la epidural.

Una vez que nace, nos quejamos de que:  llora mucho, duerme poco o demasiado, de que no se engancha al pecho, de que la leche me sube en exceso, o es escasa  y se queda con hambre. De que no quiere el biberón o el chupete, o solo quiere esas cosas.

De que tenemos sueño, grietas, dolores de espalda. Nos quejamos de que no crece, o de que lo hace demasiado rápido, de que dice papá, antes que mamá.

De que no come, o no para de hacerlo. De que tarde en gatear, caminar, de que le cuesta hablar, o  nunca está callado.

De que no dormimos, no tenemos tiempo, perdemos intimidad, autonomía, independencia.

Nos quejamos de que conciliar es una falacia, de que es un término de diccionario con poca aplicación práctica. De que trabajar se convierte en un reto diario.

De que educar es difícil, de que el peso de la responsabilidad nos contractura, de que todo cambia.

Y me consta, que desde fuera,  esto puede dar una imagen equivocada de la realidad, puede parecer que renegamos de nuestra condición de madres, pero al menos,  en mi caso, es una forma de desahogo, de descarga, de relativizar todo lo nuevo que nos ocurre.

Puede parecer un insulto, para aquellos, que  buscan  ser padres  y no lo consiguen, igual que quejarse de nuestro trabajo, cuando hay millones que no lo tienen, pero no es más,  que una forma de exteriorizar,  todo lo que nos agobia o preocupa, y en mi caso, procuro hacerlo, para buscar luego,  su parte positiva, la otra cara de la moneda.

Porque a pesar, de que desees mucho ser madre, cuando llega, no es tan fácil, tiene  momentos duros, complicados, de soledad, de incertidumbre, de renuncias,  de agotamiento, de saturación. Y desde luego, que hay personas que no deberían tener descendencia, porque su comportamiento sobre sus hijos deja mucho que desear.

Pero en la inmensa mayoría,  no cabe duda, de que detrás de cada queja, hay un ser maravilloso, que te colma de momentos únicos e irrepetibles. Por el que yo,  estoy dispuesta, sin que me tiemble el pulso, a sacrificar lo que haga falta. Que me hace ver el mundo y la vida de otra manera.

Que una sonrisa suya, compensa el cansancio acumulado, que uno de sus abrazos consuela al alma, que su voz, es de las cosas más bonitas que he oído jamás, y por el que vale la pena, cada una de esas quejas.

Y seguro,  que seguiré  acumulando quejas,  alegrías, aciertos, errores, sueño, miedos, cansancio, momentos únicos, risas, lágrimas…porque,  como en todos los aspectos de la vida, la maternidad está llena de matices, de colores, de buenos y peores momentos.

Nada es perfecto, y menos mal, así siempre, se puede mejorar.

 

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